El colofón de las celebraciones, bebida y dulces. Una bomba de relojería.

Las bebidas alcohólicas deben controlarse siempre pero durante las fiestas navideñas con más motivo. Además de los perjuicios de sus efectos, conocidos ya por todos, se suma la cantidad ingente de calorías vacías extra que estas suponen, producen pesadez de piernas y varices. Un poco de vino y cava está muy bien, pero la consecutiva acción de beber copas y más champagne como si de agua se tratara, puede ser una enorme forma de descontrolar lo que se ingiere, disparando el aumento de peso y la retención de líquidos.  La solución no es más que la disciplina y la voluntad de velar por uno mismo.

Y ahora hay que hablar de una parte importante relativa a los colofones de las comidas, los dulces. ¿Quién entiende unas navidades sin dulces? Peladillas, turrones, pasteles, mazapanes, frutas escarchadas en azúcar, frutos secos bañados en chocolate, yemas, tartas, bombones, pannetones, trufas… Todos esos manjares están estratégicamente pensados para despertar el deseo de comerlos, envueltos para la ocasión con bonitos papeles de colores brillantes,  y dispuestos en bandejas con blondas. Se podría seguir enumerando largo rato. Los dulces son la “guinda” que colma las comidas navideñas, pero si además no se toman con medida son una auténtica “bomba de relojería”.

Tomar con cabeza este tipo de postres es lo primero que hay que hacer. Corriente es que empujados por las largas sobremesas con familiares y amigos, el hecho de que otros ‘piquen’, anima a que el resto lo haga también. Primer error, pues, lo ideal es seleccionar unos cuantos dulces que se adaptarán al gusto personal  en un platito pequeño y saber que no va a haber opción a repetir o a picotear durante el resto del día. Por poner un ejemplo: Un platito con un ladrillo de unos 20gr de turrón de yema, una trufa, un bombón de licor y un pastel. De esa forma se prueba de todo en pequeñas cantidades y el pastel dará sensación de haber comido algo contundente. Lo suficiente para probar de casi todo y desquitarse.

Comprar los dulces artesanales asegura que no llevan exceso de grasas industriales ni conservantes. A ser posible, hay que tratar de adquirirlos bajos en grasas o sin azúcares, pues su sabor está muy logrado y reduce algo las calorías.

Lo mejor que se puede hacer es comerlos despacio, saborearlos, fijarnos en sus texturas en la boca y después de comer los postres,  levantarse a ayudar a retirar la mesa , lavarse los dientes y bailar un ratito o moverse.

Cuando llegue la hora de la siguiente celebración, se puede variar el plato de postres. Por ejemplo, un puñadito de peladillas y frutos secos con chocolate, un ladrillito (20gr) de turrón de almendra, dos trufas y un polvorón.  O un tocinillo de cielo, un hojaldre y un bombón de licor. Siempre procurando que no haya más de 5 muestras en el platito de postre y que sean lo más reducidas posible.

De esta forma, se puede combinar el placer de beber y comer dulces con el de mantener una línea saludable y bella.

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